domingo, 13 de enero de 2019

CUENTO TRES



Hace dos años que me he mudado a una comunidad muy pequeña, sólo hemos tenido una reunión de vecinos y allí la conocí...

Encima de mi piso vive una mujer de mi misma edad, cerca de los sesenta.
La miré a los ojos, los tiene como el color del cielo en un día de primavera, un azul celeste, preciosos, su pelo, con sus rizos naturales, en una media melena canosa, se mueve con suavidad como si hubiera sido bailarina de ballet.  
Me sorprendió su voz ronca, de fumadora, como si no "le pegara" ante el aspecto frágil de su cuerpo.

Sentía curiosidad por mi vecina.  Desde que llegué a mi nueva casa, la siento, la oigo caminar con tacones...sólo por la noche.

La primera vez que me percaté de ella fue cuando la cartera me dijo que nunca le abre la puerta, para qué pide paquetes, que vienen siempre de una librería de segunda mano, de Madrid.

Curioso, pensé...una lectora, que no abre la puerta ante la llegada de los libros que ha pedido...

Yo no salgo mucho de casa pero cuando lo hago, a la vuelta siempre tomo el camino para ver de frente la fachada de la casa, y miro sus ventanas, están abiertas las cortinas, entrando la luz y sol, pero nunca la he visto, ni siquiera una sombra cuando es ya de noche, veo una luz suave pero nunca la he visto..ni una sombra, es como si el piso no estuviera ocupado.

Pensaría que no vive nadie encima de mi, si no fuera porque cuando llega la noche, y digo noche, sobre las doce hasta las tres de la madrugada los ruidos son constantes, mueve muebles...oigo sus tacones, van y vienen, estoy tumbado en la cama y miro el techo, la siento...oigo como abre cajones, nunca oigo una voz, un teléfono, música, televisión, radio, nada, solo sus tacones como una música que va y viene.
No me molesta, me siento acompañado en mis noches sin sueño pero me intriga, no el que nunca la he visto salir de casa, quizá esos horarios que lleva, y no oír nunca a nadie, nada de visitas, familia, amigos. Nada.

Si tuviera una imaginación que no tengo pensaría en una enfermedad mental o en una criatura que no puede vivir a la luz del día.  Cada noche, espero que den las doce para sentir que hay alguien arriba, no siento miedo pero la curiosidad me puede.

Un día se fue la luz y subí directamente a su casa...llame varias veces y no salió ni un solo ruido detrás de la puerta, le dije: soy el vecino, tiene luz? luego pensé que parecía un vecino cotilla, antes de bajar a mi piso ya había vuelto la luz.

Espero con ansiedad la próxima reunión vecinal...la miraré con mucho disimulo, al igual que la única vez que la he visto...ella nunca miraba a los ojos de nadie, era como si hablara a alguien que no estuviera sentado en esa mesa.

Me siento acompañado al igual que intrigado por mi vecina, esa que imagino, fumando, vistiéndose con batas de seda y tacones para caminar por su casa cuando se hace la noche, y por el día, duerme...


 


domingo, 6 de enero de 2019

LAS FIESTAS HAN TERMINADO



Desde que mis padres no están no me gustan las fiestas que hoy acaban.  No obstante, este año con la ilusión de mi nieta, he adornado la casa y he disfrutado cada momento que hemos estado juntos, todos.

Quería escribir al finalizar el año pero no pude y quería decir tantas cosas...
Ha sido un año, el pasado, tan especial en muchas cosas que no sabía por donde empezar, así que el acontecimiento ha sido el nacimiento de Violeta, verla crecer sana ya es el mayor premio que la Vida te puede dar.

La veo con mucha frecuencia, me conoce, sus enorme ojos se ríen antes que su boca, gatea, se pone de pie, y ahora que su mamá empieza las clases, las abuelas la tendremos aún más, todo felicidad, la felicidad que solo dan los niños.

Mi estado de salud, pues bueno, ha sido un año "raro", he probado infinidad de tratamientos...he tenido nulos resultados, alergias, alteraciones graves y por fin ha sido un año de urgencias, pero sin ningún ingreso, todo un logro para mi maltrecha salud.  Estoy que no me lo creo, disfruto cada día como si fuera el último.  

Ahora la casa esta en silencio, solo suena Radio Clásica, una vela luce en el salón y Frida dormita en el sillón de mimbre.  Se acaban de ir los chicos y tengo el olor de la nena en mis manos.

Estoy llegando después de una época muy convulsa a un estado de paz y serenidad que no sé ni como lo consigo con lo que esta cayendo...

Pero así seguimos, poniendo lo que tenemos y un poco más en esta lucha que es la Vida.  Arañando los momentos de alegría, felicidad, risas, mimos, abrazos, que nos sostendrán en los días oscuros, fríos y tristes que todos tenemos.

Este año pasado hice un tallercico de escritura que me vino estupendamente, me valió para salir de casa, que aunque estoy muy a gusto en ella, tengo que pisar la calle, esa calle que a veces se me hace angustiosa.

He descubierto autoras nuevas y viejas, todas maravillosas.  Mi poca vista no la malgasto en nada ni nadie que no me "enganche".

Sigo viendo amanecer y atardecer con estos ojos que este año pasado se han quejado mucho, pero siguen viendo las caras de los que amo, el cielo, mis lecturas y me permiten escribir.
Lo mismo que mis manos, que no sostienen un boli pero en el ordenador no van mal.

En este año recién estrenado, sin entrar en política, aunque todo es política, las cosas van de mal en peor...los recursos cada vez son más exiguos, las plazas están llenas de jóvenes que no han accedido al campo laboral, ellos, los que tienen que mantener este sistema que se tambalea, y que amenaza a los más vulnerables, jubilados, enfermos, niños, mujeres..

Ya no sueño, pero quiero creer en un mundo más justo para los colectivos más desafortunados, y para la mitad de la población mundial: las mujeres.

No quiero seguir sintiendo miedo por mi hija; cuando miro a mi nieta pienso si ella podrá ser más libre de lo que somos nosotras, las que llenamos las calles pidiendo libertad y justicia. Sé que no estará sola, que serán muchas y muchos más los que seguirán en la brecha.

Ahora, que la noche todo lo llena, que faltan unas horas para recoger los adornos de navidad, os deseo todo lo mejor, en un mundo mejor.  Sé que no es fácil pero no nos dejaremos vencer por el desanimo.

Un saludo, mis queridos lectores.


miércoles, 31 de octubre de 2018

CUENTO DOS




Empezamos a vivir en la casa blanca, la que parecía de azúcar.

Cristina era feliz como una chiquilla, fuimos comprando los muebles, las cortinas, las figuras, todo a gusto de ella, era como si fuera montando su casa de muñecas a tamaño real y en vez de los muñecos inanimados, que aguardaban que unas manos los movieran, eramos nosotros, felices de formar nuestro hogar.

No le gustaban las habitaciones por las que no pasaba el viento y el sol.


con esa sonrisa brillante en su cara; todas las cortinas eran como un velo de novia, trasparentes...se movían solas, como si tuvieran vida propia.


Levábamos viviendo más de dos meses allí y no había ni una sola sombra en nuestros días.

Una noche la oí, hablaba muy bajito, le decía a alguien que no estuviera descalza en el jardín, que no era bueno en noches de niebla.


Y luego escuché una risa nerviosa, que no era de Cristina.

Volvió a la cama y la sentí muy fría, mucho.  La abracé para hacerla entrar en calor pero no la sentí a mi lado.


Ahora, por las noches vigilaba su sueño, todas las noches al filo de las dos de la madrugada, Cristina bajaba a la puerta del jardín, la que daba al saloncito de la música y hablaba con alguien, cada noche más tiempo, hasta que llegué a oír la voz que le contestaba, era la de una niña pero no pude verla...

Cristina se volvió silenciosa y tenía mal color, su cara había perdido su tono sonrosado y ahora parecía blanca como la leche, con las ojeras moradas enmarcando sus grandes ojos, esos ojos del color de las avellanas que ahora parecían volverse grises como si un velo los envolviera.

Una mañana, desayunando me dijo: Aquí ha vivido alguien, no es una casa nueva, me has engañado o te han engañado a ti cuando la compraste.
No supe decirle, balbuceé,me habían dicho, pero no pasaba nada, era nuestra casa, nosotros la haremos volver a latir.
Me miró y no me contestó.

Al salir de la casa me dirigí a la tienda del barrio donde nos servían el pedido cada dos días.
La dueña, Adela, con su blanco delantal se sorprendió al verme porque no era el día en el que entraba a dejarle el papel con el pedido.

-¿Que quiere, señor? ¿Algún problema con su pedido?


No sabía como preguntarle, estaba nervioso, me sudaban las manos...

-Mire, Adela, le dije, quisiera saber si conoció a las personas que vivieron antes en mi casa.

-Pues claro, una pena, señor, una gran desgracia...
-¿Sabe? murieron todos...

No podía articular ninguna palabra...pero Adela ya no dejaba de hablar:

Eran los Mendoza, el Doctor Mendoza y su hermosa familia, Doña Clara, bellisima y delicada como una orquídea y su hijita Inés, una criatura como un angelito, rosada de piel y con su cabello rubio lleno de tirabuzones.

-Una desgracia...
Me atreví casi con un hilo de voz: -¿Que pasó?

-La niña enfermó con una epidemia de cólera y el padre no pudo salvarla, como salvó a muchos pacientes.  Con su pena, un día se pegó un tiro y dejó a Doña Clara, que ya no se había levantado de la cama, sola en esa casa, su criada, una chica muy espabilada, Juanita, me decía que se estaba volviendo loca, que decía ver su hijita en el jardín, todas las noches; empezó a empeorar, tan apenas comía y ya no reconocía ni a la muchacha que la acompañaba día y noche.

Una mañana, Juanita la encontró en la bañera con las venas cortadas, ya no se pudo hacer nada por ella.

Juanita se casó con el suministrador de los productos de droguería y antes de irse a la capital con su ya marido me dijo: pasa algo en esa casa, oigo voces y risas y en el baño había unas pisadas pequeñas, y las alfombras aparecen manchadas con esas huellas, con barro.

Siguió contándome Adela: cuando vimos que habían comprado la casa nos alegramos, verla vacía parecía un fantasma.  ¿Tienen algún problema? Me preguntó con voz de confidencia.

-No, era curiosidad, muchas gracias, le contenté. 

Me alejé de allé lo más deprisa que pude.



Esa tarde volví pronto a casa, había llovido desde la última hora de la mañana y una temperatura alta hacía que el ambiente fuera bochornoso.

Entré en casa y lo primero que vi fue el espejo tapado con un paño.

-Cristina, la llamé varias veces y alzando la voz, ya que no oía nada en casa, ni el más mínimo ruido.

De pronto la vi bajar las escaleras con un camisón blanco, etéreo, liviano y su cabello suelto, parecía con su palidez, una aparición.

-No grites, me dijo, puedes despertarla...
-¿A quien? le pregunté ansioso.
-A la niña que estaba en el jardín, me ha dicho si la dejaba entrar porque llovía, y ahora duerme arriba.

Subí todo lo rápido que me dieron las piernas, abrí la puerta de la habitación que Cristina me indicó con su mano, y no había nadie.  La cama estaba intacta, pero vi los espejos tapados.  Le pregunté a Cristina porque los había cubierto y me dijo que a la niña le daban miedo.

Llamé a nuestro Doctor y le pedí que viniera a la mayor rapidez posible, después de reconocer a Cristina, a solas, bajó las escalera, yo lo esperaba abajo, sin quitar la vista de la puerta de nuestra habitación.

Me sonrió y me dijo: Enhorabuena, van a ser padres, su esposa esta embarazada, tiene algo de anemia pero nada que una mejor alimentación y unos paseos al sol no pudiera arreglar, era joven y saludable, no había mayor problema, todo iría bien.

Cuando subí a la habitación, Cristina tenía un cierto brillo en los ojos, como si fuera fiebre, pero ambos estábamos felices, nos abrazamos y antes de que la doncella despidiera al doctor, bajé para comentarle el extraño cambio de Cristina, me contestó: joven, eso es el embarazo, tranquilo, cuando nazca el bebé, todo pasará.  Y se fue.

Los días se sucedían con sus noches, noches en las que seguía escuchando la voz de Cristina y la de una niña que nunca veía. hablaban y reían, ya no en el jardín, si no en la habitación que habíamos preparado para el bebé.

A los seis meses de embarazo, una noche me desperté asustado...me sentía húmedo y pegajoso.  Encendí la vela de la mesilla y vi a Cristina envuelta en sangre, la cama, su camisón, yo, el suelo; todo era sangre!!!

La llamé, la toqué, Cristina, Cristina, no me contestó.
No la sentía respirar, su tripa no se movía...su corazón no latía.

Bajé corriendo a llamar a la doncella para que avisara al Doctor.

Cuando subía a la habitación, escuché la risa de una niña y luego algo que me dejó paralizado: En esta casa solo puede haber un niño y no me iré jamás de aquí!!!

Entré en la habitación que iba a ser para el bebé y alcancé a ver como una sombra pequeña con un camisón blanco y manchado de barro, con el pelo enmarañado y descalza, entraba en un trozo de espejo que no estaba cubierto por la tela.

Enterramos a Cristina con nuestro hijo no nacido.

Cerré la puerta de la casa blanca como el azúcar y me fui de la ciudad. Volví a Buenos  Aires, nunca me he vuelto a casar y jamás he vendido la casa, aunque he tenido ofertas por ellas, esta allí, dejando que la naturaleza del jardín se funda con las habitaciones...los muebles y objetos que una vez hicieron de esa casa nuestro hogar.

Han pasado más de cuarenta años, nunca he olvidado lo que pasó en esos meses y no tengo espejos en mi casa.





miércoles, 26 de septiembre de 2018

EL PRINCIPIO DEL OTOÑO



Hoy es el primer día de otoño en mi ciudad, otoño real.  Esta nublado, hace frío y mis huesos y mi alma se resienten.

Un poco más de un mes sin medicación "especial", desde la última alergia y la última entrada a urgencias...

Llevo dos noches que duermo mal, a pesar de la medicación.  Hoy estaba en la ventana y veía a los adolescentes caminar despacio, muy despacio hacía el instituto, sin prisas, sin ganas, solo con algunas risas y bromas entre ellos, con todo el tiempo por delante.

También las madres con los niños pequeños, apuradas, corriendo, teniendo mil cosas que hacer y los niños remolones, sin prisa, sin querer caminar ni mucho menos entrar al cole.

Yo tampoco tengo prisa, no tengo nada que hacer, nada urgente, hoy nadie sabe lo que me cuesta moverme o vestirme...hoy sería un día de estar en casa y mirar la vida a través de la ventana.

Sin nada más que hacer...para qué?

El esfuerzo de moverme no me compensa con lo que tengo que hacer, todo lo puedo hacer sin salir de las paredes de mi casa, que me arropan como a un niño pequeño o a una persona enferma, como cuando eres pequeño y estas en la cama sin colegio, sin deberes, con calma, con todo el tiempo por delante.

No sé si es la fiebre que me acompaña estas noches o es mi mente que recuerda cosas que no quiero recordar despierta, pero cuando duermo vienen a mi una y otra vez, haciendo que me despierte con lágrimas en mi cara. Y un fuerte dolor en el alma.

Ya os dicho que me duele, no sé con certeza decir donde, pero quien le haya dolido lo sabe.

Miro mientras escribo por la ventana, las ramas de los árboles se mecen suavemente, el cierzo da una tregua, pero ha dejado mi cuerpo dolorido.  Y recuerdo cuando viene mi nieta y la asomo a la ventana, enfrente de mi salita hay una pareja de tórtolas y nos acompaña su sonido, y nos despierta.  Le pregunto: donde están las tortolicas? y ella mira con sus enormes ojos el mismo árbol que ahora miro yo, con diferentes ojos y distinta mirada.  Hoy las tórtolas están calladas.

Y en cambio yo necesitaba hablar, por eso escribo, para contar como me siento y recordar que vendrán más días y estaciones y que no quiero mal gastarlas en lamentaciones por eso no me quejo, tan apenas sabe nadie mi dolor, como dice la canción.

Hoy es un día raro, de esos en los que quieres ser pequeña y que te digan que no te preocupes por nada...pero ahora eres tú quién lo dice porque ya no hay nadie más mayor que tú, nadie a quién preguntar lo que has olvidado o lo que recuerdas.

Vivamos este primer día de otoño como mejor podamos porque para bien o para mal, no se repetirá. 



domingo, 19 de agosto de 2018

EL VERANO Y LA SALUD...



Estoy mirando un programa en la televisión, de viajes, todos a los lugares lejanos, exóticos, donde se hacen deportes de aventura.

Viajes en barcos para bucear entre corales.

Viajes en avionetas para tirarse a lugares insospechados.

Viajes a Islas maravillosas donde hacer todo lo imaginable, y no precisamente caro.

Viajes por el desierto, con paradas al anochecer, montar las jaimas y disfrutar de las noches frías, y las comidas típicas.

He estado esta mañana de domingo de agosto, una mañana no muy buena en mi maltrecha salud y al ver estos programas he pensado en las muchas personas que no viajamos, que no podemos no ya por una razón de trabajo o económica.

Esta razón es la principal: la salud.

No podemos salir de nuestra ciudad, no podemos movernos si no es con un montón de medicamentos, cartas del hospital, autorizaciones incluso para coger un AVE, y trasladarte a una ciudad de este nuestro país, cerquita de un hospital porque en un momento dado, sin avisar, nos llega un empeoramiento y tenemos que acudir a un hospital y ponerse en marcha todo un protocolo.

He recordado viajes en los que aún iba con personas que no estaban enfermas y en los que he sufrido mucho, porque no podía seguir su ritmo ni ellos por supuesto adaptarse al mío.

Mientras no normalicemos la situación en la que vivimos muchas personas tendremos problemas de aceptación por parte de la sociedad que vive de espaldas a la enfermedad, como vive de espaldas a los mayores que viven en soledad, lo que llevamos de año, en Zaragoza han fallecido diecinueve personas, que vivían solas, mayores y enfermos...algo estamos haciendo mal, como sociedad, como personas con sentimientos, sin pensar en los demás, en los que no caminan, no salen solos, no pueden ya viajar, si no prepararse una comida, y los Servicios Sociales fallan y las familias si las tienes, los apartan, los amigos, se van y llega la soledad unida a la enfermedad, a la incomprensión y a la falta de recursos.

Ayer hablaba de cuando aún subía a los Pirineos, recorría valles, Ibones, Picos, y poco a poco todo se ha ido acabando y los días transcurren en las cuatro calles cercanas a mi lugar, el lugar en el que puedo hacerlo.

No quiero dar la impresión de sentir resentimiento porque no lo es, pero si un toque para que la Sociedad, la televisión, los programas se acuerden de los enfermos, de los que no podemos practicar deportes, pero podemos hacer otras muchas cosas, muchas con ayuda.

Personas que son dejadas solas para que los que están sanos, disfruten sus vacaciones, hospitales con salas repletas para dejar abuelos...abandonados como si fueran o son, un estorbo...

Recuerdo años de ver pasear por la playa al atardecer a una señora muy mayor,  con su gran sombrero y un bastón y los hijos al lado, cada tarde con uno, tres, dos hijos y una hija...un día le dije: que contenta, tan acompañada, me dijo: es lo único que deseo a todo el mundo, que cuando llega el ocaso y la dependencia tener un brazo y que no quieren irse y dejarme en casa.  Siempre que pienso en esa playa, la recuerdo, algo poco usual en estos tiempos.

Vivir de espaldas a la enfermedad es como vivir de espaldas a la vejez, si vives lo suficiente, te veras en en este lado.  A todos nos toca, unos antes que a otros, pero la edad nos va igualando...

Seguir disfrutando de este verano, atípico por las temperaturas y si tenéis salud, disfrutarla, porque recordar que sólo se echa en falta cuando no se tiene.

Y llega sin avisar, os lo puedo asegurar.



domingo, 5 de agosto de 2018

CUENTO UNO



La hija siempre había sido lo primero para la mujer, quizá verla más indefensa la hacía querer cuidarla y ella se dejaba.

Poco a poco se convirtió en una niña tiránica y déspota, a su madre la tenía como una esclava.  

Fueron pasando los años y ambas se quedaron solas en ese inmenso caserón en el que retumbaban las paredes con las voces de ambas, y sobretodo con los gritos de la hija, gritos con los que exigía todo.

La madre ya mayor no podía con sus dolencias pero seguía cuidando a la hija que cada vez era más y más exigente, incluso cuando el dinero empezó a escasear.  

-Vende!!! le exigía con gritos a su madre.

No sabía que cada vez quedaba menos por vender...tan apenas nada.

Cuando llegaba la noche, la madre la veía dormir, pensaba en la vida que ambas llevaban encerradas en esa casa que parecía una prisión...

Recorría las habitaciones antes llenas de muebles, cuadros, y cosas bellas de generaciones, y ellas habían acabado con todo y nada les quedaba, solo soledad y dolor.

Hasta que una noche, subiendo por las escaleras una voz le susurró: tienes que acabar con esto...no podéis seguir así, sabes que tienes que hacerlo.

Ella ya sabía a qué se refería...esa voz llegaba cada noche cuando subía hacia las habitaciones, entraba en la de su hija y la veía dormir, pensaba que sería de ella cuando se quedara sola...y la voz volvía: Hazlo!!!

Ese día de primavera casi un verano adelantado, cenaron en el jardín, ahora abandonado, un jardín lleno de hierbas creciendo a su antojo, pero le gustaba así, la naturaleza recuperaba su sitio.  La mesa con velas, los pocos platos con los bordes rotos, de la vajilla antaño preciosa y dos copas de las pocas que quedaban de esa vajillería que sus abuelos trajeron de un viaje por Alemania, cenaron marisco, a ambas les gustaba y bebieron una botella de las pocas que quedaban en la bodega, un vino blanco del Rhin, su favorito, no importaba que ya el corcho estuviera pasado...
Rieron, hablaron como las mujeres adultas que eran, la hija hacía planes para pasar el verano en Grecia, la madre asentía sabiendo que no podrían hacerlo, pero le decía que sí.

Y la hija en un arranque de generosidad, le dijo: mamá en otoño podemos visitar Venecia, sé que es tu estación preferida para disfrutar esa bella ciudad que tanto amas.  La madre sonrió con los labios, pero sus ojos no.

Su mente estaba ya preparando las vacaciones de ellas, vacaciones!!! ser libres de penurias, dolores, soledad, gritos, miedos, vacaciones permanentes.

Esa noche, la hija le dijo que tenía sed, que le subiera agua del pozo, ese pozo que tanto miedo le daba de niña, pero el agua era tan fresca!!!

La madre le hizo caso, le subió un vaso lleno de agua fresca, con una rodaja de limón, la hija lo bebió de un trago y le dijo: esta amarga esta agua!!! Es el limón, cariño, le contestó la madre.  La beso como cuando era una niña y la arropo, la noche empezaba a refrescar en esa casa en la que apenas entraba el sol.

Le dijo: te quiero mi vida, siempre, nunca lo dudes.  Yo también, le contestó, pero la madre sabía que no era cierto, su hija no quería a nadie, usaba lo que podía, y solo le quedaba ella, su madre.

Volvió al jardín, y recordó veladas con farolillos encendidos, joyas, música, vestidos preciosos, y ella, una chica joven sin nada en que pensar, solo en disfrutar de los días.

Se sentó en el pozo, ese pozo que siempre le habían prohibido acercarse pero ahora no había nadie, ya no tenía a nadie que le dijera lo que tenía que hacer, se dejó caer, y al hacerlo pensaba que pasados varios días, el repartidor de la poca comida que traía diría que no había nadie en casa, quizá se han ido de vacaciones...No tenían familia.

Ahora serían dos nuevos fantasmas en esa casa, pero ya no estarían solas y su hija dejaría de ser una mujer que le gritaba, los demás no la dejarían.



lunes, 30 de julio de 2018

LOS MIEDOS



Los miedos que sentimos, ciertos o infundados, muchos o pocos, reales o no...

Vivimos con ellos, como podemos, dejándolos mandar nuestra vida o controlados... hay de todo y de todos.

En el taller de verano de escritura al que estoy asistiendo, he releído al gran Truman Capote.  Hay un ejercicio que se llama AUTORRETRATO, en el que se pregunta y se contesta a varias preguntas, que todo sea verdad o no sólo quién lo escribe lo sabe.

Os invito a que lo hagáis podéis sorprenderos.

Os pongo una de "mis preguntas"

¿A QUE TIENES MIEDO?


Una pregunta muy socorrida.

Tengo miedo, un gran miedo a la falta de independencia, lucho diariamente contra mi dependencia, hago más de lo que debo, para hacerme la ilusión de que puedo, de vez en cuando, estoy días en la casa, sin salir y sintiéndome tremendamente frágil. No quiero que me vean así!!!

Tengo miedo a la soledad, a estar condenada a no tener una mano o un abrazo.

Tengo miedo a la noche, cuando los ruidos de la calle cesan, vago por la casa, miro la calle, las luces de las ventanas, imaginando la vida que hay detrás de ellas.
Duermo con música ya que los ruidos de las casas, mejor diría, la voz de las casas, ya que ellas, hablan, a veces no me dejan conciliar el sueño.

Tengo miedo a dejar de sentir.
Tengo miedo a estar caída en el suelo y no tener a nadie que me levante.

Tengo muchos miedos, todos los meses tengo miedo en el hospital de día, mientras entra la medicación en mi sangre. O como ahora, probando nuevas medicaciones que me producen peligros añadidos a los que padezco.

Pero mis miedos están controlados, como mis fantasmas, nos acompañamos y al final seremos una misma cosa.