viernes, 5 de abril de 2019

VIDA EN EL JARDIN






Teniendo entre mis manos el libro que da título a esta entrada he disfrutado enormemente y seguro que volveré a sus páginas, a esos paraísos llamados jardines.

Empezando por los que la autora ha tenido, Penelope Levely, explicando lo que han significado para ella.

Luego llevándonos a los jardines de escritores que sin haber tenido un jardín no hubieran podido escribir ni lo que hicieron ni como.

Como ella dice: por sus jardines los conoceréis.

He paseado por el jardín de mi admirada Virginia Woolf.  Un paseo apasionante que llevó a sus obras "Al faro" y "Las olas" y su cuento corto, "Kew Gardens".

El jardín del Edén, "El paraíso perdido " de Milton.

Jardines del antiguo Egipto, en torno al año 1.500 a. C.

Un paseo por Pompeya, maravilloso el detenimiento de la belleza que puedes imaginar en sus ruinas.

Gran Bretaña al final del periodo romano contaba con más de mil villas con sus jardines.

Los jardines victorianos con su formalidad.
El jardín patricio y el plebeyo.

El jardín pintado.  Monet y sus nenúfares. Su jardín de Giverny, plantado y cuidado para tener la inspiración para pintar y él mismo lo describió como: "Mi más bella obra de arte".
De Monet a Matisse, Renoir, Caillebotte, Bonnard.
Edouard, Liebermann, Nolde, Klimt, Munch, Klee, Van Gohd, gracias a la escritora he paseado por sus jardines, sus cuadros, colores, flores, escenas de esparcimiento y belleza.

Daphne du Maurier con su novela Rebeca nos habla de un jardín abandonado en el inicio de su libro, "La hiedra reinaba en el jardín, por todas partes ortigas,vanguardia del ejército invasor..."

un libro infantil que me ha gustado y me gusta es "El jardín secreto" que también esta descrito en esta joya de libro.
"El jardín de Medianoche" y "Alicia en el País de las Maravillas"

"la memoria de las piedras" de Carol Shields, una maravilla de lectura, que en este libro se detiene minuciosamente.

En 1898 Elizabeth von Armin publicó "Elizabeth y su jardín alemán" que al año siguiente ya alcanzó su vigésima edición.

Vita Sackville-West, con sus artículos sobre jardinería. Su libro "The Garden".

Hay lugar para el jardín silvestre.
Jardines rurales.
Jardines de Rocalla, de Botánica. 

Gertrude Jekyll con sus artículos y fue la diseñadora de jardines más importante de su época.  William Nicholson la inmortalizaría en el maravilloso retrato en el que aparece de perfíl.

Hoy en día en muchos jardines se sigue practicando los dictados e ideas de Gertrude.

Nos habla de nueva especies traídas de lugares exótico para crecer en nuestra tierra, China, Nueva Zelanda, México.  Nombres, plagas, colores, composiciones, un auténtico tratado sobre jardinería.

Jane Austen también tiene su lugar en este libro.

Parques de ciudad, parques privados y parques abiertos al público, jardines que otros cuidan para el disfrute de los demás.

Sale esa ciudad que sin conocerla me enamora, Bach.

Practicar jardinería es eludir pasado, presente y futuro.
Es desafiar al tiempo. Cultivas hoy para el mañana, el jardín se transforma de una estación a otra. Siempre igual y siempre diferente.


He dejado mucho de este libro para que los que os decidáis a entrar en sus páginas los descubráis y pasear por sus páginas al igual que paseamos por los jardines.

Este libro me ha acompañado dos noches y siempre lo hará, al igual que la autora, yo tengo mis jardines...mis recuerdos.

Mis primeros recuerdos son del jardín del abuelo, un inmenso paraíso para los niños, sus rosaledas, sus frutales, mis recuerdos de los mayores es estar alrededor de una inmensa higuera, con sus hamacas, si pudiera pintar ese momento sería...la caída del sol y todos hablando relajados, mientras los pequeños jugábamos en la alberca donde los nenúfares, calas y otras especies crecían y vivían con el rumor de la caída del agua en una pequeña cascada.

Regar al caer la tarde, con la mano de mi abuelo dirigiendo la mía, con la manguera, diciéndome el trozo de jardín que debía regar y la intensidad de agua.

Cuando llegaba el invierno, miraba a través de la ventana, en la salita de la casa y veía el jardín muerto, dormido me decía el abuelo, volvería a vivir en primavera, me enseñó los ciclos.  Pero yo sentía una especie de pena al mirar el jardín así y no sabía que lo que sentía tenía una palabra: melancolía.

Luego veo a mi madre convirtiendo sus cinco ventanas en cinco mini jardines, preciosos, cuidados, era el rato que más la veía disfrutar, incluso canturrear mientras quitaba con cuidado las hojas marchitas, cambiaba las macetas, regaba, mimaba con sumo cuidado las flores de todos los colores que iban naciendo.  Era feliz con sus macetas, y ellas le correspondían a sus cuidados, era la envidia del vecindario, a las que siempre estaba dando chitos y le decían que a ellas no se les daba tan bien.

Luego me llegó tener mi casa, mi padre se encargó de ponerme unas barras y mi madre las llenó de flores, cada temporada las suyas, cuando venía, me decía que no las tenía bien cuidadas, la verdad es que tan bien como ella, no.

Luego me vino de regalo un precioso jardín que no era mío pero la dueña de la casa que nos alquiló el piso, al ver mi admiración por el jardín me lo dejó en mis manos, venía un jardinero a podar y poco más.  Allí fui feliz.

Tenía un columpio y mi hijo era un bebé al que crié al refugio de ese precioso jardín donde pasábamos las horas.  Mi madre me ayudaba, cuando venía ya sabía donde encontrarla. Al nene le poníamos una manta y gateaba por él.  Merendaba allí, cenábamos allí y nuestras habitaciones se abrían a ese vergel.

Paseaba por los caminos viendo como cada día cambiaba, estaba vivo, cada temporada tenía sus colores...lo primero unas azucenas moradas que tamizaban una parte del suelo como una alfombra morada.  Luego los rosales de múltiples colores y con rosas de olor...no como las que compras...

Allí vuelvo en sueños, en esos tiempos en los que era feliz y no había tocado mi vida la amargura y la soledad.  Allí, en el jardín mi hijo aprendió a caminar, y mis padres y yo hablábamos, me veo sentada en el columpio con el nene en brazos y ellos sentados en las hamacas...con total ausencia del mundo exterior, lo teníamos todo, estábamos todos.

Años después tuve mi propio jardín, pero mis dolencias eran ya grandes y no podía agacharme a plantar ni arañar la tierra, mi madre tampoco, así que nos dedicamos a plantar en enormes macetas, geranios, petunias, un jardín de crasas, con piedras, cactus, que a mi madre no le gustaban nada y a mi me produjo una infección una de sus espinas y lo quité.  Y mi padre me regaló unos rosales trepadores, rosas rojas como la sangre, rosas como el color que me gusta y amarillas con tonos rojos y rosas, entrelazados en las paredes, con macetas, como uno de esos patios cordobeses, pero en un lugar del árido Aragón.
El abuelo Joaquín me plantó dos cepas de moscatel que subieron, treparon y convirtieron la terraza en un lugar tremendamente romano, con la luz tamizada por sus enormes hojas.

Pero solo pude poner un árbol y fue un Lilero, que en Abril estaba lleno de color y aroma, tenía la casa llena de olor, y al regarlo era una fiesta de aromas.

Pasé años muy buenos en el jardín y la terraza, fueron un bálsamos a mi enfermedad y soledad.  

Sé que aún tienen rosas...son muy fuertes.  El jardín ha desaparecido y una de las cosas que me duelen...es que el lilero sin mis cuidados muriera...son seres vivos y necesitan cuidados y personas sensibles para dárselos.

Luego siempre me han acompañado flores en jarrones, macetas dentro de casa y fuera, en las ventanas.

Ahora vuelvo a vivir en donde nació mi madre y yo me crié, un lugar con nombre de jardín "Ciudad jardín", miro por las ventanas y veo los árboles y las flores, los jardines, la plaza, escucho el sonido del agua de la fuente por las noches, veo los cambios de estación, escucho las risas de los niños al igual que reíamos mis primos y yo.
Ahora, mis paseos casi siempre pasan por la calle del abuelo, donde fuimos tan felices, ahora ya no queda jardín, han construido toda la superficie con una gran terraza, pero los árboles de la calles, y algún chalet siguen iguales, me veo en la plaza, han cambiado los columpios y la orientación pero están en el mismo lugar, ahora columpio a mi nieta...y sigo viendo a la niña que empujaba mi padre y me enseñaba a impulsarme, al mismo tiempo que veo a la tía Lola salir a la esquina a recogernos, vuelvo a casa de su mano, saltando de alegría, mis primos, detrás, con menos ganas.  Pero en casa nos esperaban los mayores que nos cuidaban y protegían y el jardín del abuelo.

Este precioso libro ha hecho aflorar mis recuerdos de mis jardines.  Lo tendré a mano para pasear por ellos.

La Vida que te sorprende a veces muy agradablemente ha puesto en mi camino a Maryté, la persona que a través de este medio, hace ya muchos años hemos llegado a mantener diariamente un dialogo por wasap, es nuestro tiempo que digo yo, es como una relación epistolar, pero en este caso en forma de audios.  Ella tan generosa me hace partícipe de su jardín, pasea por el mientras me habla, escucho los pájaros, los llamadores de ángeles, en época de colegio escucho los niños en el recreo.  Y me va diciendo como crece su jardín, las flores que han crecido, los árboles, el césped, veo a través de sus fotografías el cambio de estaciones contrarias a las nuestras.  Quién me iba a decir, que ese lugar que me sonaba tan bonito cuando lo descubrí en las clases de geografía, Mar del Plata, ahora formaría parte de mi vida e incluso tendría un jardín más que virtual, gracias mi querida amiga, confidente y sabes que mucho más.

Y pasear por mi barrio, con mis recuerdos y mis seres queridos, acompañándome, siempre.

Deliciosa lectura. Afortunados los que tienen un jardín o han vivido en uno de ellos. 

viernes, 15 de marzo de 2019

OCHO DE MARZO



Hoy hace una semana que salimos a la calle para hacer huelga y dejarnos oír. Dejar de estar calladas y reclamar todo lo que nos quieren quitar.  Lo quitado...nada ni nadie nos lo podrá devolver.

Fue un día lleno de emociones, mis hijos, mi nieta, que el año pasado ya fue en la tripa de su madre, este año iba en los hombros de su padre, eso por la mañana en el barrio pero lo mejor estaba por llegar.

Las siete de la tarde y mi ciudad bullía de mujeres vestidas con alguna prenda morada, jóvenes, muchas, mayores, también y pequeñas en sus brazos, delante, nosotras, acompañando los hombres que creen que las mujeres tienen la fuerza y el poder de cambiar las cosas, siempre hemos sido las que han "tirado del carro", y más si las cosas se han puesto difíciles.

Miraba, detrás, delante, a mi lado, y todo eran mujeres, gritando, callando, cantando, apoyando, una marea imparable.  

Al llegar la noche, la adrenalina, el orgullo de mujer me impedía dormir, a pesar del inmenso cansancio, y entonces empecé a rebobinar mi vida hasta esa noche, noche en la que pensé en todas las mujeres que me han precedido y acompañado en mi vida, mujeres por la que soy lo que soy y como soy.  Y un hombre, mi padre, que cuidaba a mi madre, enferma, me peinaba las coletas, compraba, limpiaba y cuando tendía mi madre le decía que lo hiciera de noche por lo que pudieran pensar los vecinos... mi padre sonría y tendía, y trabajaba .  El ejemplo de un compañero lo he tenido muy cerca.

Pertenezco a una familia materna en la que mi abuela tuvo doce hijos, seis chicas y seis chicos, una gran familia, conocí a mi abuela y siempre la recuerdo como una abuelica, tenía sesenta años cuando falleció, los que tengo yo ahora. Y mis recuerdos son de verla, enferma, sentada en un sillón de mimbre, debajo de la rosaleda que le había plantado mi abuelo. Con sus hijas siempre a su lado.  Una mujer que repartió mucho amor, nunca levantó la voz y paría por la tarde y mi madre me decía que por la noche ya estaba haciendo la cena...Tuvo el primer hijo a los veinte años y el último, a los cuarenta, falleció a los sesenta.  Solo paró cuando su corazón le impedío moverse. 

Sus hijas han sido mujeres fuertes y luchadoras, todas, una, la más pequeña, siguiendo "la tradición"...se quedó sin trabajar para cuidar a los padres y al hermano pequeño...la que peor vida llevó, cuando se murieron los padres y su hermano se casó, dependía de un hombre que no siempre la trató bien, pero su condena fue que lo amaba con locura, con ese amor romántico que puede llegar a matarte.  Siempre dependiente de él, hasta morir, con el miedo a quedarse sin nada, porque nada tenía, sus setenta años al servicio de todos, no le valieron para tener una vejez digna ni independiente.

Las otras hermanas, todas, trabajaron, cuatro de ellas hasta casarse y una incluso casada, y todas tuvieron sus pensiones, ellas no habían oído hablar de emancipación, feminismo, libertad. Mis tías, de las dos que viven, una es la que siempre trabajó y la otra es la que a sus más de ochenta años,. como dice mi hija, no sabe que es feminista, pero lo es, me dice casi todos los días que hacen muy bien las mujeres saliendo a trabajar.  Y ya vale de casa y de cuidar de todos, que nosotras nunca nos jubilamos y les dice a sus nietas que nunca dejen nada por nadie, nadie ni nada.  No es egoísmo, me dice, es vivir.

De esas mujeres aprendí el amor de la familia, el hogar, la piña, la sororidad, palabra que tardé muchos años en poner en mi boca.  El no dejar que te pisen, que no eres menos que nadie por ser mujer.

Luego esta mi abuela paterna, la que dicen que me parezco a ella.  A esa abuela la conocí muchos años, falleció cuando mi hijo tenía seis años, fui su primera nieta y la hice bisabuela de su primer bisnieto.  Vivió noventa y cinco años de ellos más de cincuenta, viuda.

Una mujer que al enterarme de lo que hizo, me  sentí muy orgullosa de ella, hace falta ser muy fuerte para hacerlo.  Su primer hijo, un varón, murió en el parto y una vecina tuvo al mismo tiempo otro niño pero no tenía leche y en esos años era una muerte casi segura para el bebé, así que no dudó criar a ese niño, ponerlo en sus brazos darle su leche y así darle vida.

Luego tuvo dos chicos y dos chicas.  Siempre trabajó, fue una mujer muy independiente, en todos los aspectos.  Trabajaba y se iba al cine, sola, todas las semanas, luego compraba pasteles y los llevaba a casa, todos eran muy lamineros.  Una mujer que al crecer los hijos, con las dos chicas enfermas...viajaba todos los meses a Barcelona, donde vivían sus hermanas y le gustaba pasear sin que la conocieran, siempre volvía con alguna ropa "moderna", un poco más corta de lo que se llevaba en esta pequeña ciudad.  Se cortó el pelo y se sacó el carnet de conducir, compró un coche y paseaba, iba y venía sin depender de nadie.

Luego la vida volvió a sacudirla al morir su hija pequeña, su amiga, vivían juntas, solas, con treinta y tres años.  Pero no se detuvo a llorar, siguió viviendo, con un gran vacío, pero viviendo igual, saliendo y viajando, y trabajando.

Luego cuidó a su otra hija, enferma también y a sus tres nietos, que hablan de ella como una madre, la otra, estaba siempre en la cama, y ella era la que iba y venía con ellos, al colegio, al cine o donde fuera.

La vida le otorgó una muerte como la vida que vivió, fue independiente hasta los 95 años, cuidaba de todos y no necesitó nada ni a nadie, en ningún aspecto, falleció estando unos días ingresada.  Una vida plena sin importarle nada de lo que pudieran pensar de ver a una mujer sola hacer su vida y seguro que levantando más de una envidia.  Ayudando alguna mujer del barrio que su marido o no le daba dinero y no podía comprar comida o se le había ido la mano, al volver del bar...cosas que una se entera cuando ya es mayor.

Luego esta mi tía Amparito, mi madre decía que su hubiéramos sido de sangre no nos pareceríamos tanto ni nos llevaríamos tan bien.  La mujer de mi tío, a la que tanto admiré y quise. Fue y sigue siendo un ejemplo de mujer fuerte, independiente, trabajadora, solidaria, confidente, jamás juzgaba a nadie y respetaba todas tus decisiones, aún sabiendo que te equivocabas. Pero era tu aprendizaje. Mujer que salía con sus amigas, todas las semanas un día.  Te llamaba y te decía: me voy a Francia!!! y eso? con el tío? no, sola, me apetece viajar sola, lo necesito.  El país vecino fue su paraíso.  También tuvo un buen compañero que no le cortó las alas, aunque como mujer independiente, entonces no se decía feminista, no lo hubiera permitido.

Mi educación en un colegio de monjas fue un claro exponente del machismo imperante. Otra palabra que no sabía.

Sufrí en silencio, te decían que callaras, el maltrato de ciertos hombres en el colegio, un cura, en el autobús, los clásicos...las miradas, los chistes, las risas...
En el trabajo ya había leído a muchas mujeres que habían dejado su huella en mí, y no cedí ni un milímetro, pero veía como se trataba a las mujeres y no me gustaba, ellas callaban o se reían de sus bromas, yo era la rara y contestona.

Así en esa manifestación de la semana pasada, mujer con mujer, delante mi hija, a la que he querido trasmitir su valía e independencia, igual que a mi hijo, ni más ni menos, me he sentido parte de un algo, me he sentido un eslabón en la marea morada que es imparable.

Cuando veo el ímpetu de las jóvenes y la energía de las mayores me siento orgullosa de pertenecer a una época en la que por mucho que quieran recortar nuestros derechos, no nos van a callar.

Quiero los mismos derechos para todas, el mismo sueldo, el mismo respeto, que no tengan miedo al volver a casa, que las calles y la noche sean nuestras, que no sienta miedo cuando mi hija sale de casa lo mismo que no lo siento cuando sale mi hijo.  Y eso lo debemos hacer todo y solo hay una manera, EDUCACION, con educación conseguiremos que se respete a las mujeres.  No hay otra manera. Deseo un tiempo mejor para mi nieta, que nadie corte sus alas, nadie. 

Una mujer libre para decidir porque no somos infantiles, porque tenemos derechos, incluso para equivocarnos.

Orgullo de mujer, de que aún sin saber lo que significaba la palabra feminismo, lo he ejercido y sigo haciéndolo en todas las facetas de mi vida, y si en algo no lo hago soy consciente y asumo las consecuencias. 

Orgullo de ser madre y abuela, de mis sesenta años y de que un día mi padre, en una de mis convalecencias me trajera un libro "Mujercitas" y descubriese a un personaje, Jo y quisiera ser como ella, no la bonita, no la tonta, quería ser la lectora y rebelde niña que se saltaba el destino que los demás habían escrito para ella.

Virginia Woolf marcó un antes y un después en mi vida, descubrir su Obra fue un referente que me sigue acompañando, una mujer que no encajaba en los roles que le tenían reservados y que nos dejó un camino para seguir.

Y tantas y tantas mujeres anónimas que jamás conoceremos, que ayudaron sin saber que lo hacían a educar a mujeres para las cuales no querían lo que ellas tenían. Gracias a las mujeres que me han ayudado a las conocidas y a las desconocidas, gracias por su aportación a nuestra educación, nuestro trabajo y nuestra conciencia.

Porque fueron, somos. Porque somos, serán.





domingo, 13 de enero de 2019

CUENTO TRES



Hace dos años que me he mudado a una comunidad muy pequeña, sólo hemos tenido una reunión de vecinos y allí la conocí...

Encima de mi piso vive una mujer de mi misma edad, cerca de los sesenta.
La miré a los ojos, los tiene como el color del cielo en un día de primavera, un azul celeste, preciosos, su pelo, con sus rizos naturales, en una media melena canosa, se mueve con suavidad como si hubiera sido bailarina de ballet.  
Me sorprendió su voz ronca, de fumadora, como si no "le pegara" ante el aspecto frágil de su cuerpo.

Sentía curiosidad por mi vecina.  Desde que llegué a mi nueva casa, la siento, la oigo caminar con tacones...sólo por la noche.

La primera vez que me percaté de ella fue cuando la cartera me dijo que nunca le abre la puerta, para qué pide paquetes, que vienen siempre de una librería de segunda mano, de Madrid.

Curioso, pensé...una lectora, que no abre la puerta ante la llegada de los libros que ha pedido...

Yo no salgo mucho de casa pero cuando lo hago, a la vuelta siempre tomo el camino para ver de frente la fachada de la casa, y miro sus ventanas, están abiertas las cortinas, entrando la luz y sol, pero nunca la he visto, ni siquiera una sombra cuando es ya de noche, veo una luz suave pero nunca la he visto..ni una sombra, es como si el piso no estuviera ocupado.

Pensaría que no vive nadie encima de mi, si no fuera porque cuando llega la noche, y digo noche, sobre las doce hasta las tres de la madrugada los ruidos son constantes, mueve muebles...oigo sus tacones, van y vienen, estoy tumbado en la cama y miro el techo, la siento...oigo como abre cajones, nunca oigo una voz, un teléfono, música, televisión, radio, nada, solo sus tacones como una música que va y viene.
No me molesta, me siento acompañado en mis noches sin sueño pero me intriga, no el que nunca la he visto salir de casa, quizá esos horarios que lleva, y no oír nunca a nadie, nada de visitas, familia, amigos. Nada.

Si tuviera una imaginación que no tengo pensaría en una enfermedad mental o en una criatura que no puede vivir a la luz del día.  Cada noche, espero que den las doce para sentir que hay alguien arriba, no siento miedo pero la curiosidad me puede.

Un día se fue la luz y subí directamente a su casa...llame varias veces y no salió ni un solo ruido detrás de la puerta, le dije: soy el vecino, tiene luz? luego pensé que parecía un vecino cotilla, antes de bajar a mi piso ya había vuelto la luz.

Espero con ansiedad la próxima reunión vecinal...la miraré con mucho disimulo, al igual que la única vez que la he visto...ella nunca miraba a los ojos de nadie, era como si hablara a alguien que no estuviera sentado en esa mesa.

Me siento acompañado al igual que intrigado por mi vecina, esa que imagino, fumando, vistiéndose con batas de seda y tacones para caminar por su casa cuando se hace la noche, y por el día, duerme...


 


domingo, 6 de enero de 2019

LAS FIESTAS HAN TERMINADO



Desde que mis padres no están no me gustan las fiestas que hoy acaban.  No obstante, este año con la ilusión de mi nieta, he adornado la casa y he disfrutado cada momento que hemos estado juntos, todos.

Quería escribir al finalizar el año pero no pude y quería decir tantas cosas...
Ha sido un año, el pasado, tan especial en muchas cosas que no sabía por donde empezar, así que el acontecimiento ha sido el nacimiento de Violeta, verla crecer sana ya es el mayor premio que la Vida te puede dar.

La veo con mucha frecuencia, me conoce, sus enorme ojos se ríen antes que su boca, gatea, se pone de pie, y ahora que su mamá empieza las clases, las abuelas la tendremos aún más, todo felicidad, la felicidad que solo dan los niños.

Mi estado de salud, pues bueno, ha sido un año "raro", he probado infinidad de tratamientos...he tenido nulos resultados, alergias, alteraciones graves y por fin ha sido un año de urgencias, pero sin ningún ingreso, todo un logro para mi maltrecha salud.  Estoy que no me lo creo, disfruto cada día como si fuera el último.  

Ahora la casa esta en silencio, solo suena Radio Clásica, una vela luce en el salón y Frida dormita en el sillón de mimbre.  Se acaban de ir los chicos y tengo el olor de la nena en mis manos.

Estoy llegando después de una época muy convulsa a un estado de paz y serenidad que no sé ni como lo consigo con lo que esta cayendo...

Pero así seguimos, poniendo lo que tenemos y un poco más en esta lucha que es la Vida.  Arañando los momentos de alegría, felicidad, risas, mimos, abrazos, que nos sostendrán en los días oscuros, fríos y tristes que todos tenemos.

Este año pasado hice un tallercico de escritura que me vino estupendamente, me valió para salir de casa, que aunque estoy muy a gusto en ella, tengo que pisar la calle, esa calle que a veces se me hace angustiosa.

He descubierto autoras nuevas y viejas, todas maravillosas.  Mi poca vista no la malgasto en nada ni nadie que no me "enganche".

Sigo viendo amanecer y atardecer con estos ojos que este año pasado se han quejado mucho, pero siguen viendo las caras de los que amo, el cielo, mis lecturas y me permiten escribir.
Lo mismo que mis manos, que no sostienen un boli pero en el ordenador no van mal.

En este año recién estrenado, sin entrar en política, aunque todo es política, las cosas van de mal en peor...los recursos cada vez son más exiguos, las plazas están llenas de jóvenes que no han accedido al campo laboral, ellos, los que tienen que mantener este sistema que se tambalea, y que amenaza a los más vulnerables, jubilados, enfermos, niños, mujeres..

Ya no sueño, pero quiero creer en un mundo más justo para los colectivos más desafortunados, y para la mitad de la población mundial: las mujeres.

No quiero seguir sintiendo miedo por mi hija; cuando miro a mi nieta pienso si ella podrá ser más libre de lo que somos nosotras, las que llenamos las calles pidiendo libertad y justicia. Sé que no estará sola, que serán muchas y muchos más los que seguirán en la brecha.

Ahora, que la noche todo lo llena, que faltan unas horas para recoger los adornos de navidad, os deseo todo lo mejor, en un mundo mejor.  Sé que no es fácil pero no nos dejaremos vencer por el desanimo.

Un saludo, mis queridos lectores.


miércoles, 31 de octubre de 2018

CUENTO DOS




Empezamos a vivir en la casa blanca, la que parecía de azúcar.

Cristina era feliz como una chiquilla, fuimos comprando los muebles, las cortinas, las figuras, todo a gusto de ella, era como si fuera montando su casa de muñecas a tamaño real y en vez de los muñecos inanimados, que aguardaban que unas manos los movieran, eramos nosotros, felices de formar nuestro hogar.

No le gustaban las habitaciones por las que no pasaba el viento y el sol.


con esa sonrisa brillante en su cara; todas las cortinas eran como un velo de novia, trasparentes...se movían solas, como si tuvieran vida propia.


Levábamos viviendo más de dos meses allí y no había ni una sola sombra en nuestros días.

Una noche la oí, hablaba muy bajito, le decía a alguien que no estuviera descalza en el jardín, que no era bueno en noches de niebla.


Y luego escuché una risa nerviosa, que no era de Cristina.

Volvió a la cama y la sentí muy fría, mucho.  La abracé para hacerla entrar en calor pero no la sentí a mi lado.


Ahora, por las noches vigilaba su sueño, todas las noches al filo de las dos de la madrugada, Cristina bajaba a la puerta del jardín, la que daba al saloncito de la música y hablaba con alguien, cada noche más tiempo, hasta que llegué a oír la voz que le contestaba, era la de una niña pero no pude verla...

Cristina se volvió silenciosa y tenía mal color, su cara había perdido su tono sonrosado y ahora parecía blanca como la leche, con las ojeras moradas enmarcando sus grandes ojos, esos ojos del color de las avellanas que ahora parecían volverse grises como si un velo los envolviera.

Una mañana, desayunando me dijo: Aquí ha vivido alguien, no es una casa nueva, me has engañado o te han engañado a ti cuando la compraste.
No supe decirle, balbuceé,me habían dicho, pero no pasaba nada, era nuestra casa, nosotros la haremos volver a latir.
Me miró y no me contestó.

Al salir de la casa me dirigí a la tienda del barrio donde nos servían el pedido cada dos días.
La dueña, Adela, con su blanco delantal se sorprendió al verme porque no era el día en el que entraba a dejarle el papel con el pedido.

-¿Que quiere, señor? ¿Algún problema con su pedido?


No sabía como preguntarle, estaba nervioso, me sudaban las manos...

-Mire, Adela, le dije, quisiera saber si conoció a las personas que vivieron antes en mi casa.

-Pues claro, una pena, señor, una gran desgracia...
-¿Sabe? murieron todos...

No podía articular ninguna palabra...pero Adela ya no dejaba de hablar:

Eran los Mendoza, el Doctor Mendoza y su hermosa familia, Doña Clara, bellisima y delicada como una orquídea y su hijita Inés, una criatura como un angelito, rosada de piel y con su cabello rubio lleno de tirabuzones.

-Una desgracia...
Me atreví casi con un hilo de voz: -¿Que pasó?

-La niña enfermó con una epidemia de cólera y el padre no pudo salvarla, como salvó a muchos pacientes.  Con su pena, un día se pegó un tiro y dejó a Doña Clara, que ya no se había levantado de la cama, sola en esa casa, su criada, una chica muy espabilada, Juanita, me decía que se estaba volviendo loca, que decía ver su hijita en el jardín, todas las noches; empezó a empeorar, tan apenas comía y ya no reconocía ni a la muchacha que la acompañaba día y noche.

Una mañana, Juanita la encontró en la bañera con las venas cortadas, ya no se pudo hacer nada por ella.

Juanita se casó con el suministrador de los productos de droguería y antes de irse a la capital con su ya marido me dijo: pasa algo en esa casa, oigo voces y risas y en el baño había unas pisadas pequeñas, y las alfombras aparecen manchadas con esas huellas, con barro.

Siguió contándome Adela: cuando vimos que habían comprado la casa nos alegramos, verla vacía parecía un fantasma.  ¿Tienen algún problema? Me preguntó con voz de confidencia.

-No, era curiosidad, muchas gracias, le contenté. 

Me alejé de allé lo más deprisa que pude.



Esa tarde volví pronto a casa, había llovido desde la última hora de la mañana y una temperatura alta hacía que el ambiente fuera bochornoso.

Entré en casa y lo primero que vi fue el espejo tapado con un paño.

-Cristina, la llamé varias veces y alzando la voz, ya que no oía nada en casa, ni el más mínimo ruido.

De pronto la vi bajar las escaleras con un camisón blanco, etéreo, liviano y su cabello suelto, parecía con su palidez, una aparición.

-No grites, me dijo, puedes despertarla...
-¿A quien? le pregunté ansioso.
-A la niña que estaba en el jardín, me ha dicho si la dejaba entrar porque llovía, y ahora duerme arriba.

Subí todo lo rápido que me dieron las piernas, abrí la puerta de la habitación que Cristina me indicó con su mano, y no había nadie.  La cama estaba intacta, pero vi los espejos tapados.  Le pregunté a Cristina porque los había cubierto y me dijo que a la niña le daban miedo.

Llamé a nuestro Doctor y le pedí que viniera a la mayor rapidez posible, después de reconocer a Cristina, a solas, bajó las escalera, yo lo esperaba abajo, sin quitar la vista de la puerta de nuestra habitación.

Me sonrió y me dijo: Enhorabuena, van a ser padres, su esposa esta embarazada, tiene algo de anemia pero nada que una mejor alimentación y unos paseos al sol no pudiera arreglar, era joven y saludable, no había mayor problema, todo iría bien.

Cuando subí a la habitación, Cristina tenía un cierto brillo en los ojos, como si fuera fiebre, pero ambos estábamos felices, nos abrazamos y antes de que la doncella despidiera al doctor, bajé para comentarle el extraño cambio de Cristina, me contestó: joven, eso es el embarazo, tranquilo, cuando nazca el bebé, todo pasará.  Y se fue.

Los días se sucedían con sus noches, noches en las que seguía escuchando la voz de Cristina y la de una niña que nunca veía. hablaban y reían, ya no en el jardín, si no en la habitación que habíamos preparado para el bebé.

A los seis meses de embarazo, una noche me desperté asustado...me sentía húmedo y pegajoso.  Encendí la vela de la mesilla y vi a Cristina envuelta en sangre, la cama, su camisón, yo, el suelo; todo era sangre!!!

La llamé, la toqué, Cristina, Cristina, no me contestó.
No la sentía respirar, su tripa no se movía...su corazón no latía.

Bajé corriendo a llamar a la doncella para que avisara al Doctor.

Cuando subía a la habitación, escuché la risa de una niña y luego algo que me dejó paralizado: En esta casa solo puede haber un niño y no me iré jamás de aquí!!!

Entré en la habitación que iba a ser para el bebé y alcancé a ver como una sombra pequeña con un camisón blanco y manchado de barro, con el pelo enmarañado y descalza, entraba en un trozo de espejo que no estaba cubierto por la tela.

Enterramos a Cristina con nuestro hijo no nacido.

Cerré la puerta de la casa blanca como el azúcar y me fui de la ciudad. Volví a Buenos  Aires, nunca me he vuelto a casar y jamás he vendido la casa, aunque he tenido ofertas por ellas, esta allí, dejando que la naturaleza del jardín se funda con las habitaciones...los muebles y objetos que una vez hicieron de esa casa nuestro hogar.

Han pasado más de cuarenta años, nunca he olvidado lo que pasó en esos meses y no tengo espejos en mi casa.





miércoles, 26 de septiembre de 2018

EL PRINCIPIO DEL OTOÑO



Hoy es el primer día de otoño en mi ciudad, otoño real.  Esta nublado, hace frío y mis huesos y mi alma se resienten.

Un poco más de un mes sin medicación "especial", desde la última alergia y la última entrada a urgencias...

Llevo dos noches que duermo mal, a pesar de la medicación.  Hoy estaba en la ventana y veía a los adolescentes caminar despacio, muy despacio hacía el instituto, sin prisas, sin ganas, solo con algunas risas y bromas entre ellos, con todo el tiempo por delante.

También las madres con los niños pequeños, apuradas, corriendo, teniendo mil cosas que hacer y los niños remolones, sin prisa, sin querer caminar ni mucho menos entrar al cole.

Yo tampoco tengo prisa, no tengo nada que hacer, nada urgente, hoy nadie sabe lo que me cuesta moverme o vestirme...hoy sería un día de estar en casa y mirar la vida a través de la ventana.

Sin nada más que hacer...para qué?

El esfuerzo de moverme no me compensa con lo que tengo que hacer, todo lo puedo hacer sin salir de las paredes de mi casa, que me arropan como a un niño pequeño o a una persona enferma, como cuando eres pequeño y estas en la cama sin colegio, sin deberes, con calma, con todo el tiempo por delante.

No sé si es la fiebre que me acompaña estas noches o es mi mente que recuerda cosas que no quiero recordar despierta, pero cuando duermo vienen a mi una y otra vez, haciendo que me despierte con lágrimas en mi cara. Y un fuerte dolor en el alma.

Ya os dicho que me duele, no sé con certeza decir donde, pero quien le haya dolido lo sabe.

Miro mientras escribo por la ventana, las ramas de los árboles se mecen suavemente, el cierzo da una tregua, pero ha dejado mi cuerpo dolorido.  Y recuerdo cuando viene mi nieta y la asomo a la ventana, enfrente de mi salita hay una pareja de tórtolas y nos acompaña su sonido, y nos despierta.  Le pregunto: donde están las tortolicas? y ella mira con sus enormes ojos el mismo árbol que ahora miro yo, con diferentes ojos y distinta mirada.  Hoy las tórtolas están calladas.

Y en cambio yo necesitaba hablar, por eso escribo, para contar como me siento y recordar que vendrán más días y estaciones y que no quiero mal gastarlas en lamentaciones por eso no me quejo, tan apenas sabe nadie mi dolor, como dice la canción.

Hoy es un día raro, de esos en los que quieres ser pequeña y que te digan que no te preocupes por nada...pero ahora eres tú quién lo dice porque ya no hay nadie más mayor que tú, nadie a quién preguntar lo que has olvidado o lo que recuerdas.

Vivamos este primer día de otoño como mejor podamos porque para bien o para mal, no se repetirá. 



domingo, 19 de agosto de 2018

EL VERANO Y LA SALUD...



Estoy mirando un programa en la televisión, de viajes, todos a los lugares lejanos, exóticos, donde se hacen deportes de aventura.

Viajes en barcos para bucear entre corales.

Viajes en avionetas para tirarse a lugares insospechados.

Viajes a Islas maravillosas donde hacer todo lo imaginable, y no precisamente caro.

Viajes por el desierto, con paradas al anochecer, montar las jaimas y disfrutar de las noches frías, y las comidas típicas.

He estado esta mañana de domingo de agosto, una mañana no muy buena en mi maltrecha salud y al ver estos programas he pensado en las muchas personas que no viajamos, que no podemos no ya por una razón de trabajo o económica.

Esta razón es la principal: la salud.

No podemos salir de nuestra ciudad, no podemos movernos si no es con un montón de medicamentos, cartas del hospital, autorizaciones incluso para coger un AVE, y trasladarte a una ciudad de este nuestro país, cerquita de un hospital porque en un momento dado, sin avisar, nos llega un empeoramiento y tenemos que acudir a un hospital y ponerse en marcha todo un protocolo.

He recordado viajes en los que aún iba con personas que no estaban enfermas y en los que he sufrido mucho, porque no podía seguir su ritmo ni ellos por supuesto adaptarse al mío.

Mientras no normalicemos la situación en la que vivimos muchas personas tendremos problemas de aceptación por parte de la sociedad que vive de espaldas a la enfermedad, como vive de espaldas a los mayores que viven en soledad, lo que llevamos de año, en Zaragoza han fallecido diecinueve personas, que vivían solas, mayores y enfermos...algo estamos haciendo mal, como sociedad, como personas con sentimientos, sin pensar en los demás, en los que no caminan, no salen solos, no pueden ya viajar, si no prepararse una comida, y los Servicios Sociales fallan y las familias si las tienes, los apartan, los amigos, se van y llega la soledad unida a la enfermedad, a la incomprensión y a la falta de recursos.

Ayer hablaba de cuando aún subía a los Pirineos, recorría valles, Ibones, Picos, y poco a poco todo se ha ido acabando y los días transcurren en las cuatro calles cercanas a mi lugar, el lugar en el que puedo hacerlo.

No quiero dar la impresión de sentir resentimiento porque no lo es, pero si un toque para que la Sociedad, la televisión, los programas se acuerden de los enfermos, de los que no podemos practicar deportes, pero podemos hacer otras muchas cosas, muchas con ayuda.

Personas que son dejadas solas para que los que están sanos, disfruten sus vacaciones, hospitales con salas repletas para dejar abuelos...abandonados como si fueran o son, un estorbo...

Recuerdo años de ver pasear por la playa al atardecer a una señora muy mayor,  con su gran sombrero y un bastón y los hijos al lado, cada tarde con uno, tres, dos hijos y una hija...un día le dije: que contenta, tan acompañada, me dijo: es lo único que deseo a todo el mundo, que cuando llega el ocaso y la dependencia tener un brazo y que no quieren irse y dejarme en casa.  Siempre que pienso en esa playa, la recuerdo, algo poco usual en estos tiempos.

Vivir de espaldas a la enfermedad es como vivir de espaldas a la vejez, si vives lo suficiente, te veras en en este lado.  A todos nos toca, unos antes que a otros, pero la edad nos va igualando...

Seguir disfrutando de este verano, atípico por las temperaturas y si tenéis salud, disfrutarla, porque recordar que sólo se echa en falta cuando no se tiene.

Y llega sin avisar, os lo puedo asegurar.