viernes, 5 de abril de 2019

VIDA EN EL JARDIN






Teniendo entre mis manos el libro que da título a esta entrada he disfrutado enormemente y seguro que volveré a sus páginas, a esos paraísos llamados jardines.

Empezando por los que la autora ha tenido, Penelope Levely, explicando lo que han significado para ella.

Luego llevándonos a los jardines de escritores que sin haber tenido un jardín no hubieran podido escribir ni lo que hicieron ni como.

Como ella dice: por sus jardines los conoceréis.

He paseado por el jardín de mi admirada Virginia Woolf.  Un paseo apasionante que llevó a sus obras "Al faro" y "Las olas" y su cuento corto, "Kew Gardens".

El jardín del Edén, "El paraíso perdido " de Milton.

Jardines del antiguo Egipto, en torno al año 1.500 a. C.

Un paseo por Pompeya, maravilloso el detenimiento de la belleza que puedes imaginar en sus ruinas.

Gran Bretaña al final del periodo romano contaba con más de mil villas con sus jardines.

Los jardines victorianos con su formalidad.
El jardín patricio y el plebeyo.

El jardín pintado.  Monet y sus nenúfares. Su jardín de Giverny, plantado y cuidado para tener la inspiración para pintar y él mismo lo describió como: "Mi más bella obra de arte".
De Monet a Matisse, Renoir, Caillebotte, Bonnard.
Edouard, Liebermann, Nolde, Klimt, Munch, Klee, Van Gohd, gracias a la escritora he paseado por sus jardines, sus cuadros, colores, flores, escenas de esparcimiento y belleza.

Daphne du Maurier con su novela Rebeca nos habla de un jardín abandonado en el inicio de su libro, "La hiedra reinaba en el jardín, por todas partes ortigas,vanguardia del ejército invasor..."

un libro infantil que me ha gustado y me gusta es "El jardín secreto" que también esta descrito en esta joya de libro.
"El jardín de Medianoche" y "Alicia en el País de las Maravillas"

"la memoria de las piedras" de Carol Shields, una maravilla de lectura, que en este libro se detiene minuciosamente.

En 1898 Elizabeth von Armin publicó "Elizabeth y su jardín alemán" que al año siguiente ya alcanzó su vigésima edición.

Vita Sackville-West, con sus artículos sobre jardinería. Su libro "The Garden".

Hay lugar para el jardín silvestre.
Jardines rurales.
Jardines de Rocalla, de Botánica. 

Gertrude Jekyll con sus artículos y fue la diseñadora de jardines más importante de su época.  William Nicholson la inmortalizaría en el maravilloso retrato en el que aparece de perfíl.

Hoy en día en muchos jardines se sigue practicando los dictados e ideas de Gertrude.

Nos habla de nueva especies traídas de lugares exótico para crecer en nuestra tierra, China, Nueva Zelanda, México.  Nombres, plagas, colores, composiciones, un auténtico tratado sobre jardinería.

Jane Austen también tiene su lugar en este libro.

Parques de ciudad, parques privados y parques abiertos al público, jardines que otros cuidan para el disfrute de los demás.

Sale esa ciudad que sin conocerla me enamora, Bach.

Practicar jardinería es eludir pasado, presente y futuro.
Es desafiar al tiempo. Cultivas hoy para el mañana, el jardín se transforma de una estación a otra. Siempre igual y siempre diferente.


He dejado mucho de este libro para que los que os decidáis a entrar en sus páginas los descubráis y pasear por sus páginas al igual que paseamos por los jardines.

Este libro me ha acompañado dos noches y siempre lo hará, al igual que la autora, yo tengo mis jardines...mis recuerdos.

Mis primeros recuerdos son del jardín del abuelo, un inmenso paraíso para los niños, sus rosaledas, sus frutales, mis recuerdos de los mayores es estar alrededor de una inmensa higuera, con sus hamacas, si pudiera pintar ese momento sería...la caída del sol y todos hablando relajados, mientras los pequeños jugábamos en la alberca donde los nenúfares, calas y otras especies crecían y vivían con el rumor de la caída del agua en una pequeña cascada.

Regar al caer la tarde, con la mano de mi abuelo dirigiendo la mía, con la manguera, diciéndome el trozo de jardín que debía regar y la intensidad de agua.

Cuando llegaba el invierno, miraba a través de la ventana, en la salita de la casa y veía el jardín muerto, dormido me decía el abuelo, volvería a vivir en primavera, me enseñó los ciclos.  Pero yo sentía una especie de pena al mirar el jardín así y no sabía que lo que sentía tenía una palabra: melancolía.

Luego veo a mi madre convirtiendo sus cinco ventanas en cinco mini jardines, preciosos, cuidados, era el rato que más la veía disfrutar, incluso canturrear mientras quitaba con cuidado las hojas marchitas, cambiaba las macetas, regaba, mimaba con sumo cuidado las flores de todos los colores que iban naciendo.  Era feliz con sus macetas, y ellas le correspondían a sus cuidados, era la envidia del vecindario, a las que siempre estaba dando chitos y le decían que a ellas no se les daba tan bien.

Luego me llegó tener mi casa, mi padre se encargó de ponerme unas barras y mi madre las llenó de flores, cada temporada las suyas, cuando venía, me decía que no las tenía bien cuidadas, la verdad es que tan bien como ella, no.

Luego me vino de regalo un precioso jardín que no era mío pero la dueña de la casa que nos alquiló el piso, al ver mi admiración por el jardín me lo dejó en mis manos, venía un jardinero a podar y poco más.  Allí fui feliz.

Tenía un columpio y mi hijo era un bebé al que crié al refugio de ese precioso jardín donde pasábamos las horas.  Mi madre me ayudaba, cuando venía ya sabía donde encontrarla. Al nene le poníamos una manta y gateaba por él.  Merendaba allí, cenábamos allí y nuestras habitaciones se abrían a ese vergel.

Paseaba por los caminos viendo como cada día cambiaba, estaba vivo, cada temporada tenía sus colores...lo primero unas azucenas moradas que tamizaban una parte del suelo como una alfombra morada.  Luego los rosales de múltiples colores y con rosas de olor...no como las que compras...

Allí vuelvo en sueños, en esos tiempos en los que era feliz y no había tocado mi vida la amargura y la soledad.  Allí, en el jardín mi hijo aprendió a caminar, y mis padres y yo hablábamos, me veo sentada en el columpio con el nene en brazos y ellos sentados en las hamacas...con total ausencia del mundo exterior, lo teníamos todo, estábamos todos.

Años después tuve mi propio jardín, pero mis dolencias eran ya grandes y no podía agacharme a plantar ni arañar la tierra, mi madre tampoco, así que nos dedicamos a plantar en enormes macetas, geranios, petunias, un jardín de crasas, con piedras, cactus, que a mi madre no le gustaban nada y a mi me produjo una infección una de sus espinas y lo quité.  Y mi padre me regaló unos rosales trepadores, rosas rojas como la sangre, rosas como el color que me gusta y amarillas con tonos rojos y rosas, entrelazados en las paredes, con macetas, como uno de esos patios cordobeses, pero en un lugar del árido Aragón.
El abuelo Joaquín me plantó dos cepas de moscatel que subieron, treparon y convirtieron la terraza en un lugar tremendamente romano, con la luz tamizada por sus enormes hojas.

Pero solo pude poner un árbol y fue un Lilero, que en Abril estaba lleno de color y aroma, tenía la casa llena de olor, y al regarlo era una fiesta de aromas.

Pasé años muy buenos en el jardín y la terraza, fueron un bálsamos a mi enfermedad y soledad.  

Sé que aún tienen rosas...son muy fuertes.  El jardín ha desaparecido y una de las cosas que me duelen...es que el lilero sin mis cuidados muriera...son seres vivos y necesitan cuidados y personas sensibles para dárselos.

Luego siempre me han acompañado flores en jarrones, macetas dentro de casa y fuera, en las ventanas.

Ahora vuelvo a vivir en donde nació mi madre y yo me crié, un lugar con nombre de jardín "Ciudad jardín", miro por las ventanas y veo los árboles y las flores, los jardines, la plaza, escucho el sonido del agua de la fuente por las noches, veo los cambios de estación, escucho las risas de los niños al igual que reíamos mis primos y yo.
Ahora, mis paseos casi siempre pasan por la calle del abuelo, donde fuimos tan felices, ahora ya no queda jardín, han construido toda la superficie con una gran terraza, pero los árboles de la calles, y algún chalet siguen iguales, me veo en la plaza, han cambiado los columpios y la orientación pero están en el mismo lugar, ahora columpio a mi nieta...y sigo viendo a la niña que empujaba mi padre y me enseñaba a impulsarme, al mismo tiempo que veo a la tía Lola salir a la esquina a recogernos, vuelvo a casa de su mano, saltando de alegría, mis primos, detrás, con menos ganas.  Pero en casa nos esperaban los mayores que nos cuidaban y protegían y el jardín del abuelo.

Este precioso libro ha hecho aflorar mis recuerdos de mis jardines.  Lo tendré a mano para pasear por ellos.

La Vida que te sorprende a veces muy agradablemente ha puesto en mi camino a Maryté, la persona que a través de este medio, hace ya muchos años hemos llegado a mantener diariamente un dialogo por wasap, es nuestro tiempo que digo yo, es como una relación epistolar, pero en este caso en forma de audios.  Ella tan generosa me hace partícipe de su jardín, pasea por el mientras me habla, escucho los pájaros, los llamadores de ángeles, en época de colegio escucho los niños en el recreo.  Y me va diciendo como crece su jardín, las flores que han crecido, los árboles, el césped, veo a través de sus fotografías el cambio de estaciones contrarias a las nuestras.  Quién me iba a decir, que ese lugar que me sonaba tan bonito cuando lo descubrí en las clases de geografía, Mar del Plata, ahora formaría parte de mi vida e incluso tendría un jardín más que virtual, gracias mi querida amiga, confidente y sabes que mucho más.

Y pasear por mi barrio, con mis recuerdos y mis seres queridos, acompañándome, siempre.

Deliciosa lectura. Afortunados los que tienen un jardín o han vivido en uno de ellos. 

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